Tres procesos familiares y comunitarios de Quimbaya que son historia del turismo


Si de algún municipio del Quindío hay que referenciar el nacimiento del concepto turístico, ese es Quimbaya, que además es acción, es vivencia y es historia de la actividad humana que tiene que ver co

con el empleo del tiempo libre, la praxis del viaje y el conocimiento natural y cultural.

En la década de los ochenta del siglo XX, el territorio cafetero de Quimbaya ya hervía en su desarrollo, marcado por el precio del grano y la bonanza, y esa era entonces la actividad económica que signaba a este municipio. Sin embargo, desde el agro se empieza a perfilar el primer renglón de un incipiente turismo que los estudiosos llaman agroturismo y, por su vocación campesina desde la dinámica de su espacio geográfico vital, se extiende al país nacional como turismo rural.

Es así como se crea la “pequeña granja de Mamá Lulú”, en la vereda Palermo. Su misión ha sido meramente agroecológica y ha sido una pionera del turismo del Quindío.

Si bien el comienzo de la granja obedecía a ese emprendimiento familiar que quería mostrar las bondades y ventajas del manejo integral de un reducido espacio para el mantenimiento de su núcleo grupal, muy pronto ganó interés municipal primero, académico después y turístico luego, porque sus experiencias llamaban la atención, motivo que despertó el primer paso a la consolidación de un atractivo ecológico y educativo.

Una reseña monográfica de la gobernación del Quindío (año 1986) así lo indica: “El visitante encuentra allí en pleno desarrollo 33 microproyectos de tipo agropecuario e inclusive agroindustriales. El reciclaje perfecto y la producción de abonos son dos de los programas banderas de la granja. En el aspecto turístico, desde hace cinco años se ha convertido en el centro de atracción turística e investigativa. Allí llegan colombianos y extranjeros, unos llenos de curiosidad, otros en busca de conocimientos, especialmente los estudiantes de las áreas relacionadas con la agricultura”.

La granja
Hace más de 30 años —y hoy— la visita a la “pequeña granja de mamá Lulú” es obligada misión de las universidades e institutos agropecuarios del país. En ese periplo tampoco estuvo ausente la Escuela de Administración y Mercadotecnia del Quindío, EAM, con su novel programa de Administración Turística, pues cada semestre la visita de sus estudiantes y profesores era tan importante y esperada como lo fue también el viaje académico anual a los parques arqueológicos de San Agustín y Tierradentro.

Su auditorio construido de guadua, sus instalaciones domésticas, su biodigestor, su recorrido corto pero sustancial siguen siendo muy recordados. Hasta sus almuerzos, verdadero aporte a la culinaria para el turismo, marcaron la pauta en la preparación de platos que también rescataban secretos y saberes de las abuelas.

En sus reducidas estancias se cocieron las siguientes delicias: “Pollo al paseo”, sancocho servido en cazuela de barro, que además se acompaña con sudado servido en hojas de plátano ahumado; su sobremesa es leche con arequipe o limonada natural. “Pescado a la guadua” y “conejo frito” son los otros dos procesos creativos de la delicia gastronómica que nacieron allí, aunque eso reflejó más un rescate de las tradiciones que pueden remontarse a la época más antigua como son la pesca en el río De La Vieja o la preparación de liebres o conejos sabaneros de los primeros cazadores de esta región.

En 1980 los habitantes del barrio Sierra Ochoa deciden realizar su alumbrado del 7 y 8 de diciembre con motivos especiales. Así fue que en 1981, el club de Jardinería de Quimbaya realizó el primer concurso de Velas y Faroles, motivados por el espíritu comunitario, la belleza de las manualidades y el fervor religioso de los habitantes.

La constancia, creatividad y versatilidad, así como el movimiento comunal que la elaboración de los faroles despiertan, han convertido a esta actividad en un producto turístico sinigual. El país entero se vuela al Quindío, llenando las calles de Quimbaya a principios del mes de diciembre. El impacto en la vida económica el entusiasmo de los habitantes y la apropiación social de esta efemérides provocó también un resultado político y gubernamental que se cristalizó en septiembre de 2006, cuando la gobernadora encargada, Luz María Arbeláez Gálvez, sancionó la ordenanza 00023, “por medio de la cual se declara bien de interés cultural intangible el festival de velas y faroles del municipio de Quimbaya en el departamento del Quindío”.

La relevancia de esta providencia oficial es grande, ya que, junto con el yipao y la cestería de bejucos de Filandia, en el departamento ya contamos con tres expresiones del patrimonio cultural inmaterial departamental que no solo son declaradas en el ámbito regional sino que ellas son en sí un componente turístico de valía.

De las Velas y Faroles al balsaje
Un elemento destacado de este festival de velas y faroles (en 2016 se celebra su 34º versión) es que también encierra el tono comunitario: “La comunidad, de manera especial, conforma junta de barrio que informalmente comparten inquietudes, despliegan actividades económicas, eligen el diseño, lo plasman y vigilan celosamente su anonimato. Todos los diseños son presentados ante el grupo social únicamente el día indicado” (‘Quimbaya tierra de luz’, plegable informativo de la gobernación del Quindío, 2008). Con esto se alcanza a ver un desarrollo familiar convertido en empresa. La familia Hincapié ya ha pasado dos generaciones al frente de este emprendimiento.

También en la década de los ochenta, a finales, una familia quimbayuna, emprendedora, y unida, gestó un emprendimiento turístico novedoso, dentro de lo que se ha llamado el turismo aventura. Se trata del balsaje sobre el río De La Vieja. Una integrante de dicha familia, egresada de la EAM en Administración Turística fue, junto con sus hermanos, la propulsora del primer atractivo acuático de la región.

No solo volvió la tradición de navegar en juncos o guaduas, como lo hacían los antepasados indígenas, sino que se produjo un producto que hoy se ha multiplicado a granel.

Los Botero Londoño hicieron del primer balsaje de Quimbaya y del Quindío toda una institución familiar. Una de sus características es la responsabilidad y seguridad que ofrecen en sus recorridos a partir de medidas especiales. El balsaje evoca lo indígena, pues De La Vieja fue la corriente hídrica que estuvo reseñada en la conquista española. Así lo confirman las noticias de las crónicas del siglo XVI.

Granja agropecuaria, tradición religiosa y balsaje son hoy el timonel del turismo local y con identidad de Quimbaya. Aunque otros aspectos pueden encaminarse en la senda planificadora, los tres primeros, en su integralidad, muestran lo mejor de sí de los quimbayunos.

En todos los campos del patrimonio cultural, Quimbaya muestra otros insumos para el turismo responsable. Estos son solo algunos casos: las estructuras líticas arqueológicas del Instituto Quimbaya, que fueron detectadas en la nueva construcción del plantel y que fueron respetadas para que ellas sean admiradas por propios y visitantes. La elaboración de motivos de platería y orfebrería de varias mujeres artesanas.

Las historias de arqueología y de guaquería, pues el llamado ‘Tesoro de los Quimbayas’ que hoy reposa en Madrid (España) fue encontrado en jurisdicción de Quimbaya. La existencia de pueblos Embera Chamí cuyas familias colaboran en la dinámica del balsaje, en su condición de balseros.

De cada una de estas cuatro realidades se podrán desprender sueños turísticos: un recorrido de arqueología e historia, empresa cultural de objetos metálicos que revele de nuevo el pasado indígena como recordatorios de viaje, una exposición fotográfica de las 122 piezas de oro del Tesoro de los Quimbayas en algún recinto cultural del municipio y una ruta étnica del Quindío.

 

Por Roberto Restrepo Ramírez
y Néstor Eduardo Hernández Morales

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