Una tarde para conocer historias de turismo cultural en Filandia


El comienzo de una tarde cualquiera es también un buen pretexto para conocer Filandia patrimonial, especialmente desde lo arquitectónico.

El más destacado bien inmueble es el templo María Inmaculada. Son varias las razones: tiene más de cien años de construido, es uno de los pocos que posee una arquitectura de bahareque y tapia pisada con 22 troncos de árbol que son sus columnas principales. Esos árboles se llaman barcinos y su contextura ancha y elegante, pintados ahora de color crema, los muestra inexpugnables.

Del aspecto constructivo pasamos a relacionar otro no menos importante dentro de la categoría de patrimonio cultural: es la cestería de bejucos, manifestación esta que ya fue declarada expresión departamental por parte de la asamblea del Quindío y que ofrece dos tópicos para su conocimiento y valoración.

El primero de ellos lo constituye el patrimonio vivo de sus artífices, ya que en sus casas talleres, los humildes artesanos elaboran todavía y expenden allí mismo los simbólicos cogedores así como otras artesanías bejuqueras. El segundo punto es la existencia de un “centro de interpretación del Bejuco al Canasto”, una muestra interactiva que enseña los pormenores de este oficio a los visitantes que llegan a Filandia.

 

Sol de los venados

Pasamos a la magnificencia del turismo: la torre mirador Colina Iluminada, construída de maderas finas traídas desde la costa Caribe y que se levanta en 28 metros, sobre la meseta más imponente del municipio y llamado ese sitio siempre como cerro El Bisco. Con este elemento panorámico Filandia presenta los tres ejes de un turismo especial, que poco a proco configuran la diferencia: arquitectura tradicional, artesanía autóctona de cestería y paisaje.

Mientras tanto el atardecer invade y aparece en el horizonte el sol de los venados, regalando a los visitantes la maravilla natural con sus colores, que llegan a resplandecer las montañas de la cordillera central. Es el momento propicio para sentarse a escuchar historia en el último nivel del mirador, en una cómoda silla del corredor de una casa rural de antaño o en alguno de los miradores que posee la disposición urbana turística de Filandia.

Los primeros relatos son los que inspiraron todos y cada uno de los nombres de los niveles del mirador Colina Iluminada: El Tesoro de los Quimbayas. Las terrazas arqueológicas. La cometa de Chun. El Bosque de Bremen. Los monos aulladores del bosque de Barbas. Los andenes grabados. La Calle de la Pista. La Calle del Tiempo detenido. La última fonda caminera. El camino del Quindío. El cementerio tradicional. Las novelas y película grabadas en Filandia. La historia de don Flaminio Parra, el soñador del Mirador.

 

“Milagro en Roma”

Sus detalles y la magia del cuento histórico nos motivan en la noche a seguir con el recorrido turístico. El destino, otra vez alguno de los establecimientos de cafés especiales que tiene el municipio. Allí, degustando el aroma del grano procesado, seguimos disfrutando la remembranza de sus atractivos culturales.

Comenzamos con el nombre de la vía principal del turismo, la calle 7 o del “Tiempo detenido”. Recordamos a uno de los más destacados cineastas de Colombia, Lisandro Duque Naranjo, quien en 1987 escogió esta calle, y también la población y su cementerio, como locaciones para la producción de la película “Milagro en Roma”, porque sus escenarios, y sobretodo la calle 7, “se habían detenido en el tiempo”.

 

Protagonistas

La segunda mención se refiere a varios de sus protagonistas o a los habitantes de aquellas grandes casas de bahareque que se pueden ver en las escenas de tan premiada producción del séptimo arte: el patriarca Salomón Román. El médico Carlosé Restrepo. El psicoterapeuta Adalberto Aguirre.

La matrona María Montoya de Urrea. El bibliotecario Jaime Naranjo. El síndico Miguel Jaramillo. El pintor Conrado Ángel. Cada uno de ellos posee una historia real digna de escuchar, pero también una ilusoria que le añadió la magia de esta película, por el papel que cumplieron en su protagonismo.

 

Una gran cometa

La tercera mención nos continúa en el sueño de cualquier escena fabulosa. Se trató de una historia real, alrededor de la elaboración de una gran cometa en las primeras décadas del siglo XX, lo que motivó se gestara un festival turístico del cual se desarrolló la primera versión en el año 1988.

El nombre del cometero era Jesús María Ocampo, pero su apodo era Chun. Charlas emprendidas desde 1987 con sus descendientes, permitieron revivir el personaje, para convertirlo en símbolo memoria de un evento que procurara el regreso del jolgorio de cometas.

Así se concibió el festival a realizarse en el mes de agosto cuando los vientos gélidos de la cordillera Central de Colombia golpean con fuerza los valles de cafetales y platanales del Quindío. Esa fecha también concuerda con la fiestas aniversario de fundación de Filandia.

‘Chun’ mantiene un grato recuerdo en las mentes de los filandeños, porque fabricaba la más descomunal y pesada cometa de la que se tenga noticia en la región. Medía lo equivalente a una casa tradicional de dos pisos, esto es unos ocho metros de diámetro, y sus colas de manila trenzada alcanzaban trescientos metros de longitud.

Su increíble cometa fue elaborada con delgadas y enormes guaduas, lona, retazos o estopas y era cosida con cáñamo por sus prodigiosas manos de talabartero. Se levantó con osadía por los cielos generalmente durante escasos segundos, lo que despertó siempre el alborozo de sus paisanos.

 

Historia de ‘Chun’

Para la organización logística del evento se discutió y convalidó el proyecto con los integrantes de la Asociación de Cometeros Yaripa de Medellín, quienes tienen amplia trayectoria en la realización de festivales y eventos de artefactos cometeros en Colombia.

La hermosa historia de ‘Chun’ motivó a Yaripa para presentar la propuesta de realización de un festival internacional, que evocara y transmitiera la memoria de tan singular cometero colombiano quien tenía entre sus logros la fabricación, tal vez, de las cometas más grandes y pesadas del mundo.

Una historia de singular destreza, perdida en la memoria popular, debía ser recreada y compartida con cometeros de varios países del mundo para concentrarse todos en los mismos parajes montañosos desde los cuales ‘Chun’, hacía volar.

De esta forma, artesanos de otros países se unirían en el espíritu de paz y libertad que inspiran los vuelos de esos artefactos, para el disfrute de propios y visitantes. El primer festival Internacional de Cometas se realizó finalmente entre el 6 y el 8 de agosto de 1998.

La gestión que condujo a su realización se compartió con la dirección de la casa de la cultura del municipio de Filandia, entidad que se encargó de la difusión del evento a través de los diferentes medios de comunicación.

Además, se coordinó una junta de apoyo conformada por ciudadanos, quienes se encargaron de los detalles relacionados con la buena marcha del festival y de la atención a los participantes.

 

Tradición popular

Un producto cultural, cristalizado en este Festival Internacional de Cometas, permitió nuevamente revivificar una tradición popular olvidada, y brindó un insumo más para la práctica del turismo cultural en la región del Eje Cafetero colombiano.

Además, sembró la semilla de la tradición lúdica de las cometas en jóvenes y niños, pues las actividades festivas fueron alternadas también con talleres de recuperación de tradiciones cometeras, orientados estos por la asociación Yaripa. Igualmente, se desarrollaron charlas impartidas por los visitantes de Cuba y Guatemala sobre las tradiciones culturales de cometas de sus países de origen. Todos esperamos ansiosamente el segundo evento de esta naturaleza.

 

Por Roberto Restrepo Ramírez y  Néstor Eduardo Hernández Morales

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