Filandia, baluarte del turismo cultural del Quindío


Debemos comenzar este artículo con la reseña de otra noticia luctuosa para la cultura del Quindío. En un mes se nos han ido dos personas que marcaron huellas en el trazado del turismo cultural.

Son ellos el profesor Pablo Emilio Oviedo y el pintor Memo Vélez. La muerte de estos dos cultores engrandecen sus obras y empiezan a dejar la impronta de sus realizaciones aunque es cierto que había sido mejor reconocerlas en vida.

El caso de Memo Vélez es el primer paso de un periplo de turismo cultural que se ha consolidado en Filandia desde hace años. Por eso sostenemos que el municipio es el baluarte de esta modalidad en el Quindío. El recorrido cultural con sentido turístico de la ‘Colina Iluminada’ se sugiere un poco antes del “pintadero” de Memo Vélez cuando, ingresando a Cruces, el olor a boñiga y pesebrera de la hacienda histórica Veracruz impregna la carretera.

Se pasa por la entrada a ‘Océano’, un curioso centro de pensamiento y de espiritualidad. Cuando llegamos a Ceculpa (Centro de Cultura Patafísica), el lugar-galería de Memo, entendemos con sus símbolos que estamos en el recinto de lo absurdo, como él lo entendía y lo transmitía, desde la inspiración de sus cuadros y hasta el ambiente que creó. Ojalá sus herederos o sucedáneos persistan en mantener este sitio como uno de encuentro para la ruta que apenas estamos comenzando a describir.

Dos kilómetros adelante, en vía al municipio, ambos extremos nos enseñan paisajes propios de la topografía de tierra fría, aunque ya no lluviosa y de niebla como era de característica antaño. Eso sí, se destacan los relictos boscosos del tesoro natural de Filandia, Bremen La Popa.

Y una pintura de rana colorida en rojo, con el aviso ‘Lusitania’, nos indica que es la entrada a una serie de explanadas urbanizadas que desembocan en otra maravilla de la biodiversidad, el segundo bosque, que también es límite con Pereira. Su nombre es idílico y sugestivo, simplemente Barbas.

En predios de ‘Lusitania’ se guarda muy bien otra sorpresa natural creada por el hombre. Se llama Paloterindio, uno de los primeros proyectos de turismo ambiental que se constituyó en el Quindío en la década de los ochenta del siglo XX. Su propósito es tan singular como su gestor: cultivar por primera vez en sitio alguno un bosque de palmas de cera.

Desde allí ya se divisa Filandia y su arribo se nos hace más llevadero, aunque una serie de aspectos nos detienen: la visualización de la primera torre de un proyecto de energía controversial para el Quindío, la estructura abandonada de una casa de bahareque que agonizó varios meses y la llamativa casa de los Ochoa, ya refaccionada y transformada, pero inconfundible por un león de piedra que el abuelo de la familia levantó en la época de la colonización, cuando imperaba el ambiente agreste del bosque montuno.
En solo seis kilómetros, desde el inicio en Cruces, hemos encontrado además cantidad de construcciones que afectan la franja izquierda que da a la fábrica de agua de Filandia, el Bosque de Bremen, señalizado incorrectamente con una serie de vallas que no deberían existir.

Ellas anuncian la entrada a un atractivo ilusorio y mentiroso, el Parque Regional Barbas Bremen, algo inconcebible para un turismo que debe propender por el cuidado de tal espacio natural que es en realidad un “distrito de conservación”, como lo nomina la Corporación Autónoma Regional del Quindío.

Pero más sorprendente es el anuncio, en diferentes sitios de la franja izquierda, de los ‘Corredores Biológicos’ que no son ni deben ser los accesos al turismo masivo y dañino, ya que ellos corresponden a la señalización de las franjas de bosque por donde transita y se interconecta la fauna silvestre que se pretende recuperar y tal cual lo sustenta la ciencia biológica.

Llegar al parque principal de este municipio, que ostentó hace años el título del ‘Pueblo más lindo del Quindío’, obliga el minucioso recorrido cultural ya por su casco urbano: las casas de bahareque (no intervenidas) del parque. La calle del tiempo Detenido. La casa de doña Irene López, que posee el único balcón tradicional de la época de la colonización. La Casa de Arcadio Arias, el tallador de madera, y por supuesto, su cielo raso y postigos. El Mirador del Quijote. La casa de don Salomón Román, que conserva los “balcones falsos” que aparecen en las escenas de la película ‘Milagro en Roma’. Las camas y salas de don Arcadio Arias.

El Museo Casa de los Abuelos y sus colecciones etnográficas de Filandia y de los indígenas del Vaupés. La Casa Museo de Nubia Vargas, donde se guardan recuerdos de su padre, el poeta Narciso Vargas Gaviria. La casa de la más longeva de la Calle Turística, doña Edelmira Brito. Los miradores o atalayas de todas las esquinas. El último andén de piedra.

Un merecido descanso en este “viaje fantástico” de la cultura turística motiva degustar uno de los cafés de origen. Son tantos y de tan buena calidad, que se hace difícil escoger el sitio alrededor del parque. Aunque se recomienda seguir a la zona rural o el corregimiento de La India, donde se encuentran los arbustos de café de su generación productiva. En particular, “la Tierra Labrantía”, de un agricultor de su predio cafetero, quien es psicólogo, profesor universitario retirado y exalumno de La Sorbona.

En su nueva vida ha decidido instalar un interesante circuito que enseña la historia y el proceso del grano. Una de muchas noticias que genera este proceso de turismo cultural es conocer que Bill Gates toma café sembrado en este lugar de emprendimiento turístico, como así lo asevera Danilo Gómez Marín, el protagonista de esta iniciativa.

Si se regresa del campo, donde existen otros sitios de interés, como el Santuario de la Colina del Silencio o la casa donde se elaboran las almohadas de carbón de guadua, la tarde todavía espera al visitante para sorprender con las potencialidades que enseña el turismo cultural.

 

Por Roberto Restrepo Ramírez y
Néstor Eduardo Hernández Morales

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