Pijao, un pueblo de ensueño y paisaje


Pijao es el único municipio del Quindío que hoy tiene claridad sobre su posición ante el turismo, ámbito éste que es la realidad actual del departamento.

Por cuenta de un proceso llamado Ciudad sin prisa (o la Citta Slow en su denominación genérica) este poblado, fundado en 1902, ya hace parte de un conjunto de las “ciudades lentas” que en cualquier lugar del mundo, y con menos de cincuenta mil habitantes, han adoptado la filosofía del movimiento Slow Food. Se refiere ello a la posibilidad que tienen los ciudadanos de disfrutar el equilibrio entre la modernidad, la tradición y el buen manejo ambiental. En el caso de Pijao, eso se extiende al turismo. De hecho ya es el primero en Latinoamérica y todo se logró gracias a una gestora e impulsadora cultural, la comunicadora social Mónica Flórez Arcila.

La recepción y atención turística forman parte ya —o por lo menos se potencian— desde la perspectiva del turismo cultural e histórico.  Lo ideal es que el habitante local, el quindiano que pasea y el turista nacional o extranjero, disfruten los recorridos que se plantean.

Un sueño que se convierte en realidad
Eso es Pijao en el plano del conocimiento cultural.  Se gesta desde la entrada en la vía principal que conecta a la capital del Quindío con Caicedonia y otros pueblos del sector cordillerano del Valle del Cauca.  Ese lugar se conoce como Río Verde; su nombre ya invoca la riqueza ambiental que crece a medida que subimos por una vía intermunicipal que también conduce a Córdoba.

Muy pronto, tomando el tramo derecho se asciende hasta Pijao.  Las peripecias (o curvas) del camino muestran su rigor, recordándonos las trochas zigzagueadas de los antiguos senderos de los arrieros y caminantes.  Sólo que ahora son asfaltados para la comodidad del viajero.

El aliciente del paisaje nos compensa con la visualización del verdadero panorama de las fincas cafeteras, porque allí se nos presentan con la inmensidad de las montañas sembradas y, perdiéndose como un punto, la casa de la finca con su techo de teja de barro.

Seguimos subiendo y creemos llegar al cielo, hasta que nos detiene un par de caminos que se enfrentan: el de la izquierda nos llevará a Córdoba, el ‘Susurro de Guaduales’. A la derecha seguimos para penetrar en un encajonamiento de montañas, que además marca por fin el descenso. A cuatro minutos se nos destapa el viso urbano de Pijao. En primer lugar, un conjunto de casas de una sola planta que son el inicio de la llamada Avenida de las Casuarinas.  Enseguida, un arco de entrada construido de ladrillo y cemento que llaman el arco de la paz, construido después de 1945. Dicen que es inspirado en el Arco del Triunfo de Francia.

Arquitectura de bahareque
Después del arco viene otro regalo visual en ambos costados de la vía de entrada y salida del municipio: la arquitectura de bahareque. Sobre todo, una casa de dos plantas, esquinera y esbelta, que tiene una fecha resaltada, 1938, recordándonos que es una de las más antiguas de la tradición constructiva.

En 1985, se concedió la primera mención a Pijao, como que fue considerado el “Pueblo más lindo del Quindío” por la institucionalidad de la época.

Al llegar al parque principal, tenemos la sensación de continuar en el sueño, matizado por los parajes altivos: laderas montañosas muy cercanas que lo rodean. Sabemos que más allá, detrás de ellas, están los paraísos de la naturaleza prodigan: senderos, fuentes de aguas cristalinas que convergen en forma de quebradas en el casco urbano, mesetas, cañones profundos, palmas de cera, bosques de niebla y el máximo tesoro: valles de frailejones.

Sus nombres son curiosos. Su visita no es turística, solo debe estar en el plano de la imaginación, porque esas alturas son sagradas y todo ello encierra el más inigualable bien natural, el agua.

Mientras nos relatan sus historias, tratamos de indagar por el origen de los nombres: el sendero de los Gavilanes, no por las aves, sino porque así se llaman unos árboles. El Río Lejos y la quebrada del Inglés. El valle del Chilí. La laguna de las Mellizas. Los Juanes, Sardineros y La Maizena. Y el nombre más escabroso, la Cuchilla de Carniceros, en límites con Córdoba. Hasta el nombre de los ríos cambian de color, del Verde pasamos al Río Azul.

Nuestra curiosidad ambiental no para allí. Antes del almuerzo, en un restaurante donde encontraremos comida casera, o saboreamos un pintadito espumoso en los antiguos bares (entre ellos el de la greca casi centenaria), nos han invitado a observar el árbol donde se posan las garzas. Sólo hasta el atardecer entenderemos por qué el apelativo de Pijao y su escudo se refieren a estas bandadas de aves que transforman el verde de las hojas por el blanco de su presencia, cuando se paran en sus ramas.

Después de consumir las viandas pueblerinas, tenemos tiempo para apreciar los detalles arquitectónicos: colores tradicionales, que tienden a convertirse en tonos policromáticos, como está ocurriendo en otros pueblos del Quindío.

Descomunales puertas, que tienen en su parte superior una disposición de arco, emulando el de la entrada principal. Macetas de flores en sus ventanas, que adornan hasta las casas humildes. Postigos de madera diseñados y trabajados con esbeltez. Los caserones de un lado del parque, donde está el Bar Social, haciendo gala de elegancia. Cielorrasos bellos.

 

Las garzas
Seguimos con la observación de su gente y del entorno artístico, cultural y social: amabilidad y sencillez en su patrimonio humano. Tranquilidad en transeúntes y en la apariencia de sus habitantes. Una muestra arqueológica variada en el primer piso del palacio municipal. Un testimonio gráfico del maestro Villada, llamado “Las Herencias de los Quimbayas”, en la entrada de la alcaldía. Calles rebautizadas (Calle del Colegio, Calle de la Planta y otras).

Un último vistazo a las garzas ya llegando al árbol, nos indica que debemos regresar. Antes, obligada visita a sus escondidas esculturas: el monumento a la Reconstrucción, del maestro Jhon Jairo Loaiza, y el monumento a las Garzas de la artista pijaense Vilma Alzate.

Partimos hacia Armenia y sabemos que no fue un sueño este viaje.

Entendimos que fue más bien un ensueño, porque viajamos, vivimos, disfrutamos, pero seguimos en la línea de la magia, la del paisaje, que no nos permitió despertar. Solo cuando llegamos a la capital sabemos que fue real.

 

Por Roberto Restrepo Ramírez

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